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Un cuento para la noche de San Juan.

No podía más, su estado de ánimo era agobiante. La vida había sido muy dura con ella. En su mente siempre la misma pregunta: en la familia, en el amor, en el trabajo, con los amigos, ¿por qué le había ido tan mal?No tenía nada que agradecerla, todo lo contrario, no tenía ningún sentido seguir en el camino. O sí…; tal vez si lo hiciera más corto, encontraría lo que necesitaba.

Es noche de viernes, 23 de junio, en la hoguera comienzan a quemarse las maderas más finas, las ropas, los muebles , los juguetes rotos , todo lo que no sirve y pueda arder. Con ellos se quemarán por un instante las penas, los disgustos, los sinsabores, los sufrimientos, las aflicción, los dolores…Ella, en definitiva.

Se dirige con paso decidido hacia la hoguera. En sus ojos se reflejan esas inmensas llamas que todo lo devoran. Ojos encendidos de furia y rabia contenida. Allí termina su camino.
Camina con la vista puesta en esa colosal y letal pira, donde iniciará su andadura hacia una mejor vida; se cruza con una niña.
-¿Dónde vas? -le pregunta la pequeña con candidez y amabilidad- las llamas son muy grandes y te puedes quemar.
-¿Y tú?, También has estado muy cerca y no te has quemado.
-Porque, por muy grandes que sean las llamas, nunca podrán quemarte si las sabes esquivar.
-¿Y le has pedido algún deseo?
-Sí. Que la próxima persona que se acerque tenga la valentía de mirar al presente y olvidar los malos ratos pasados. Todo puede mejorar.Corrió sin despedirse y se perdió entre la multitud.

Ella siguió con paso seguro hasta que sintió el tremendo calor de la hoguera. Se detuvo un momento y miró hacia atrás. La niña la miraba con los brazos extendidos. Los ojos se le llenaron de lágrimas, volvió la vista a la hoguera y lloró hasta que se secó el manantial.

Miró de frente a las llamas , segura, desafiante… De pronto, dio media vuelta y se dirigió hacia su salvadora, que la estaba esperando con los brazos abiertos. La vida le daba otra oportunidad. Cuando se estaba aproximando a la gente, la niña desapareció. Su ángel de la guarda había cumplido con su cometido una vez más.

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