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Recorte de prensa del Norte de Castilla del 26/02/2015

NUESTRO CURA POETA EN LA PRENSA


Recorte de prensa del Norte de Castilla del 26/02/2015
Sonrío cuando escucho o leo a ciertos ignaros ufanándose de su desprecio a la poesía de raigambre espiritual o social, máxime si la misma está escrita por sacerdotes, religiosos o creyentes cristianos. Y siento tristeza de sus pocas luces y de sus muchas sombras. ¡Poco o nada saben de dónde viene el magna que combustiona el alma de aquellos que sienten como propio lo que sucede a los demás! Y, sintiéndolo, claman y escriben dando cuenta de injusticias y atropellos, de desigualdades y violencias de quienes creen que el poder económico, político, religioso o el propio terror, facultan para destrozar vidas.

Pues en Salamanca, mejor dicho, en la provincia de Salamanca hay un cura-poeta al que leo siempre, admirando sus versos y prosas impregnadas de más genuino Evangelio: compromiso por seguir el mensaje del Amado galileo; compromiso en cuerpo y alma con los desprotegidos, con aquellos que necesitan todo tipo d apoyo, también una voz que se alce por ellos.

Así eran los profetas bíblicos; así es Quintín García, un dominico a quien abracé el pasado sábado, cuando me detuve por su morada de Babilafuente. Compartimos pan y vino, como evangélicos que somos, y recordamos a dos hermanos-amigos ya fallecidos, Bernardo Cuesta y Alfredo Encinas, este último un excelente (y comprometido) escritor que quiso dejar sus huesos por mi Perú primero.

Quintín, quien ya tiene varios libros de poesía y narrativa en su zurrón, premios aparte, hace pocos meses vio publicado su largo poema titulado «Elegías para un tiempo de víctimas» (Editorial San Esteban, Salamanca, 2014, pp. 43), escrito pensando en «todos aquellos que han sufrido o sufren terrorismo o violencias de un color u otro», me anota en su fraternal dedicatoria.

¿Qué decir del libro? Que es alta poesía y es alta denuncia, algo nada fácil porque en esta temática fácil resulta caer en el panfleto. Pero Quintín sigue a los profetas, grandes poetas por los siglos de los siglos. Leamos la actualidad de un versículo de Jeremías, en sus Lamentaciones, citados por el vallisoletano de Babilafuente: «Se consumen en lágrimas mis ojos, de amargura mis entrañas, se derrama por tierra mi hiel por la ruina de la capital de mi pueblo, muchachos y niños de pecho desfallecen por las calles de la ciudad».

Y en la última parte del poema, a modo de epílogo, Quintín dice: «Alzo mi estatura, postrada de agravios, y mi dedo,/ mínimo, aunque erguido, contra el ángel/ exterminador que ha ido sellando/ con fuego los desalentados balidos, la memoria/

rota de cuantos ciervos han sido/ expulsados del Edén, ofrendados/ en las altas piras de los templos de la ira/ al dios Ares, impío estandarte de la tribu.// Alzo, sí, mi dedo y señalo en el ágora,/ como en un antiguo cantar de ciegos, los nombres/ de los ciervos heridos, escritos/ uno a uno, esculpida su memoria por los siglos/ en el mármol adolecido de este Muro construido/ con acantos de sangre y llantos, huella, estela/

fúnebre renovada una y mil veces en las encrucijadas/ de todos los caminos, testigo frente a los nuevos vientos negros.// Alzo mi frente e impetro al arcoíris, ángel/para la luz, por si una nueva luz -¡cuándo!-,/mientras sorbo, amargo, el último/ veneno, amarillo, de este invierno,/ inextinguible lugar de desalientos.// Alzo finalmente mi grito contra el obsceno/ desfile de cadáveres, gritos rotos uncidos/ a los tristes lamentos de los cárabos y al despertar/ dolido de los mirlos, gritos injertados/ en las palabras que aquí grito en carne viva, construidos/ con las tubas de un réquiem inconcluso, gritos/ depositados como rojas rosas inmortales/ en las tumbas devastadas de las víctimas.// ¡Va por ellas!».

Y si el epílogo tiene esta contundencia, imagínense los cinco textos precedentes: Paisaje de muerte; Oda desolada; el Agrio ulular de la televisión; Dónde la luz, o finalmente, Arcoíris.

Invito a la lectura toda del largo poema vertebrado en seis partes, con citas de Jeremías, ya lo comenté, pero también de un poeta-profeta peruano muerto en París: César Vallejo, un autor que bebió por completo de las fuentes bíblicas, algo que parecen no darse cuenta los ignaros. Vallejo sabía y Quintín lo sabe, que para ser original hay que volver a los orígenes.

Comprueben lo que está pasando ahora con los degollamientos a cristianos egipcios por miembros de los bárbaros de Estado islámico, con este texto de Jeremías que Quintín pone como cita de su primer poema:» Por tierra yacen en las calles/ niños y ancianos,/ mis vírgenes y mis jóvenes/ cayeron a cuchillo».

Rabiosa actualidad de un texto escrito hace más de 2.600 años por el hijo de Hílcias. Rabiosa actualidad para un futuro lo que ha escrito Quintín García, un largo poema que ha merecido el Accésit del Certamen Creadores por la Libertad, que en Sevilla otorga la Fundación contra el Terrorismo y la Violencia Alberto Jiménez Becerril. Un poema que sigue la estela de otros varios de tal linaje que Quintín ha escrito en su refugio libertario de Babilafuente.

Creo que entre los que tiene publicados, éste se gemela con otro poema conmovedor: «Madrid, un 11 de marzo, tan temprano (Cantar de ciegos)», que él dedicó, con temblor, a las víctimas de los trenes de Atocha, Santa Eulalia y El Pozo (Madrid), y que yo tuve el privilegio de publicar en la antología del XVI Encuentro de Poetas Iberoamericanos, dedicado a Fray Luis de León, otro religioso heterodoxo, de esos que mucho me gustan, y no sólo por su alta poesía, sino por decir las cosas que otros callan.

No encontrarán en la obra de Quintín versos facilones o almibarados. Me despido recordando otros que escribiera para una Navidad de antaño y de lo porvenir: «Cuando cae hoy la tarde/ hacia la noche y están/ ardiendo ahí fuera los fuegos/ de artificio de la Farsa, solo/ espero de ti, Niño de la Navidad,/ un ardoroso beso de Luz que incendie/ nuevamente la tibia/ epifanía de tu Carne/ en mi carne/ por si la Amanecida». Un abrazo, querido poeta-profeta para tiempos difíciles, como los de Jeremías o los de mi paisano César.

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