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NUEVOS RELATOS DE LOURDES HIDALGO

Nuestra amiga y colaboradora Lourdes Hidalgo nos envía una serie de relatos y microrrelatos que iremos publicando a lo largo de este mes de mayo.

Hoy nos deja dos microrrelatos que han sido seleccionados para diferentes concursos y formar un libro de antología.

ABUELITO, ABUELITO… ¡QUE OJITOS MÁS TRISTES TIENES!

Hoy, leyendo el periódico con mi abuelo, casi todas las noticias hablan del Covid-19. Son devastadoras. Esta pandemia nos ha puesto todo del revés. Le miro y veo que tiene apretados sus puños con fuerza y sus ojos brillantes por lágrimas contenidas de impotencia ¡Se ha dado cuenta de que le observo e intenta disimular! Me regala una de sus sonrisas de “no te preocupes hija. Estoy bien”.

Cierro el periódico y le devuelvo el gesto cogiéndole una mano con cariño me detengo en cada línea, cada arruga, cada cicatriz. Me mira con ojitos tristes y se encoge de hombros. Yo no puedo evitar darle un abrazo. Es muy cariñoso y sé que le gusta que le mimen, pero… Esta vez le noto apenado.

– ¿Abuelito que te pasa? ¿He hecho algo mal?

– ¡Nada hija, nada!, es que ahora no debemos abrazarnos, solo eso. Y sonríe de nuevo.

– ¿Tienes miedo, abuelo?

– ¡Pues sí, hija! Estamos viviendo unos momentos muy complicados con esta pandemia. Se está cobrando muchas vidas de distintas edades, pero especialmente para los de mi edad. ¡Hay que cuidarse mucho, toda precaución es poca!

Creo que es peor el miedo a cómo morir que a la muerte en sí; es el temor a enfermar y estar lejos de los tuyos, miedo a la soledad y esperar que llegue tu final estando completamente solo.

Cuando estábamos confinados sin poder salir, lo único que me acercaba a vosotros era el teléfono y las fotografías; no las había mirado tanto antes como en esos momentos.

La pérdida de libertad es otro factor que puede hacer que una persona se pueda volver loca.

Sin poder salir a caminar, hablar con los vecinos sentados en la puerta o hacer la compra sin prisas ni colas interminables en la calle, con frío o calor.

La casa se te venía encima, la televisión solo daba disgustos y las sopas de letras me las aprendí de memoria. Saber que los niños estaban encerrados en casa, parques y colegios vacíos; muchos empleos echados a perder, se respiraba ruina y aún hoy se sigue sintiendo.

¡Y tantas cosas!

– ¡Ay, abuelo!, ¿Cómo puede resultarte esto tan difícil si tú has vivido momentos más duros? De pequeño te tocó sobrevivir a la postguerra con todas las cosas horribles que habrás visto y pasado, has tenido pérdidas importantes como la de la abuela, una nieta y un yerno, que no eran ley de vida, y también la de tus padres.

– Ahora hija, ¡estamos en otra guerra en la que se han cambiado las armas de fuego por virus! Con los disparos si los oyes, te puedes esconder o esquivarlos; pero ahora es todo silencio. No se sabe por dónde va a llegar hasta que te alcanza y te da fuerte sin posibilidad de defensa.

Lo que realmente asusta, y mucho, es saber que la enfermedad es grave y que hay muchas personas que no tienen el más mínimo cuidado ni respeto por los demás, que no hacen nada para que esta guerra termine cuanto antes. Otros, sin embargo, están haciendo verdaderos esfuerzos por dar fin a este maldito bicho.

Sólo nos queda la esperanza, de que algún día podamos recuperar la alegría de vivir libres.

¡Llegará hija mía, ya lo verás!

“PLUMA, TINTA, Y PAPEL»

 

Me llaman loco, porque soy esclavo de mi pluma.

No consigo dormir ya que las ideas amenazan con detonar mi cerebro.

Debo liberarme de mi prisión de papel y tinta.

Hoy guardo mi arsenal en una caja bajo llave para siempre.

Esta noche abrazaré con fuerza por última vez esa caja, mi razón de vivir

y pasaré junto a ella mis últimas horas de aliento.

Así será mi despedida

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