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Libro Homenaje a Bernardo

RUTAS PARA EL CAMINO

Libro Homenaje a Bernardo

Bernardo Cuesta Álvarez (1954-2012), fue fraile dominico, animador religioso y sociocultural en las comunidades rurales de Las Villas (Salamanca), Profesor de teología moral y Secretario de la Pontificia Facultad de San Esteban de Salamanca y fundador y Presidente de la ONG Acción Verapaz. Este libro es una iniciativa de Acción Verapaz para rendirle homenaje y agradecer su implicación en el esfuerzo colectivo que supuso la puesta en marcha y el desarrollo de la organización.
Bernardo Cuesta fue una de esas personas en las que palabras y hechos, pensamiento y acción, estuvieron indisolublemente unidos. No sólo fue un guía intelectual, sino también un maestro de vida, alguien que abrió caminos, señaló a través de su pensamiento y su acción, rutas por las que vale la pena seguir caminando.
Éste es el hilo conductor de la publicación: descubrir las sendas de pensamiento y de acción que él siguió de manera lúcida y coherente. Mostrar que su modo de entender la Iglesia -que siempre consideró su hogar-, el mundo en el que vivió, la Orden a la que amó y mostrar también que su modo de implicarse en ellas y de responder a los problemas y desafíos que dentro de ellas se plantean, siguen siendo válidos y marcan rutas a seguir.
A partir de estos objetivos está estructurado el libro, que tiene tres partes: La primera parte, Semblanza, recoge la excelente síntesis biográfica que Juan Huarte, amigo y compañero, publicó en la revista Ciencia Tomista. Es muy completa y resume perfectamente la trayectoria vital de Bernardo.
La segunda parte, Pensamiento de Bernardo, es la más amplia y recoge algunos textos de Bernardo que expresan su visión de la vida y de algunos problemas que le preocuparon mucho y a los que dedicó estudio y reflexión. Tiene cinco capítulos o apartados: Rutas para entender, vivir y ser Iglesia; Rutas de análisis y propuestas al mundo de hoy; Rutas para ser cristiano en un mundo globalizado y enfermo; Rutas hacia la paz y en favor de la vida; Rutas que recogen y hacen vida la tradición dominicana.
La tercera parte, Testimonios, muestran que las sendas que el abrió y siguió dejaron huellas en quienes le conocieron y animan a continuar por ellas o en la misma dirección. Estas voces o testimonios de quienes vivieron con él en la Comunidad de Babilafuente, de las gentes de los pueblos donde ejerció durante más de treinta años su actividad pastoral, de sus compañeros de fatigas en Acción Verapaz, de otros profesores… son el mejor respaldo de su trayectoria vital.

Acción Verapaz

PRÓLOGO DEL LIBRO

Al volver del hospital donde habíamos dejado a Bernardo ingresado de urgencias aquel sábado de octubre del 2011, me refugié en la soledad del patio de nuestra casa de Babilafuente. La tarde se había hecho ya agria oscuridad, y atribulado como estaba por las perspectivas desesperanzadas que nos habían ofrecido (las pruebas rápidas habían desvelado la casi segura inevitabilidad de la tragedia), me senté a descansar la espalda, herida por el ajetreo del día. Luchaba por acallar mi cerebro que iba y venía sin control con mensajes inconexos. Pero no conseguía calmarlo. Como enajenado, me levanté y me puse a pasear de un lado al otro del patio. Según andaba iba pisando sin querer las semillas que el laurel grande del jardín había ido arrojando al suelo, cumpliendo esos ciclos genesíacos de la naturaleza. Ese año eran muchas las bolitas negras que había arrojado el laurel. Y me hacían daño en las plantas de los pies al pisarlas. Pero yo seguía para arriba, para abajo, envuelto en densas tormentas interiores.
Hasta que mi cerebro, lo recuerdo con nitidez, se iluminó con el fulgor de un relámpago: esas semillas del laurel, las caídas sobre la tierra mullida del jardín, a los meses se pudrían en el silencio íntimo de la tierra y con la primavera germinaban en tiernos brotes, en nuevos pequeños laureles que prolongaban la vida del laurel originante, le daban continuidad. A su modo, le libraban de la desaparición o muerte definitiva cuando acaeciese por enfermedad o vejez. Daba la casualidad de que yo había contemplado todo ese proceso de perennidad vegetal con mis propios ojos: había visto en el corral de mi casa familiar secarse, morir, al laurel de donde habíamos cogido con anterioridad el brote trasplantado al jardín de Babilafuente. Y después le había visto crecer, desarrollarse, y últimamente, ya maduro, ofrecer sus semillas para nuevas reproducciones de sí mismo, esas que ahora pisaba en mi paseo atormentado. Y recordaba también cómo Bernardo ofrecía esos brotes nuevos del nuevo laurel a quienes estuvieran interesados. O trasplantábamos alguno a las márgenes del Tormes o al lago final del canal de Villoria.
Esa misma ley de la continuidad de la vida, intuí con rapidez, inscrita en la interioridad de los seres vivos, se habría de consumar también con Bernardo si se cumplieran las negras perspectivas de muerte que le acababan de diagnosticar. E iba señalando en mi cabeza las muchas semillas que Bernardo, como el laurel del patio, venía arrojando sobre la tierra de quienes le rodeábamos: sus palabras escritas o habladas en clases, charlas, artícu los, libros, catequesis, homilías, reuniones mil en unos u otros proyectos de carácter religioso, sociocultural, solidario. En nuestros pueblos de las Villas o en la Facultad de S. Esteban; en la geografía española y dominicana o en algunos viajes a Latinoamérica; en periódicos o revistas (largas noches componiendo en el ordenador Agora o nunca (Villoruela) y Aldaba (Babilafuente). Palabras y sonrisas, gestos y actitudes, convicciones, ejemplos prácticos sembrados a diario en los ojos, en la inteligencia y el corazón de niños, adolescentes, jóvenes, adultos, ancianos, alumnos y compañeros de comunidad.
Sí, pensaba en medio del atolondramiento de aquella anochecida cruel, igual que las semillas biológicas van dando continuidad a la vida de la naturaleza en sus infinitas manifestaciones, lo mismo ocurre con las semillas de orden espiritual: las palabras y los gestos, los afectos, el pensamiento y las acciones de otros son gérmenes de sus vidas en nuestra vida, prolongación, perennidad, ¿resurrección?. Si nos escuchamos un momento por dentro descubrimos huellas, ecos de aquel profesor que nos marcó con sus clases, de aquel libro que nos abrió horizontes, de aquel familiar o amigo que con la claridad de sus convicciones, sus ejemplos o sensibilidad iluminó y enriqueció nuestras vidas. Somos semillas, esporas, gérmenes de vida espiritual los unos para los otros.
Confieso que esa rauda revelación de la eterna ley de la continuidad de la vida en la rueda de la naturaleza, redescubierta en ese momento tan desamparado, alivió mi alma. Sólo alivio, claro. Porque las semillas de Bernardo, como las del laurel, como las del trigo en la parábola evangélica, antes de dar nuevos frutos, habrían de pudrirse. ¡Y vaya si se pudrieron! Hemos sido muchos los testigos del duro proceso último de enfermedad y pudrimiento, de dolores, de angustias, de esa bajada a los infiernos de la impotencia y el abatimiento, del silencio interior rumiando las eternas preguntas del ser humano y aceptando, al fin, como podemos ver en esas perlas luminosas recogidas por su hermana Esperanza en lo que hemos llamado su testamento espiritual, la oferta de trascendencia hacia un Encuentro final con el Padre Dios.
Muchos hemos sido los testigos de su enfermedad y de su muerte: aquí, en la casa común de Babilafuente, en S. Esteban, en la casa materna de Ríofrío, y en las casas de tantos, de aquí y de lejos, a través de las visitas, de las noticias y de los afectos. Como muchos somos ahora los testigos de su resurrección en nuestra memoria, de su permanencia entre nosotros a través de las semillas que él sembró. La memoria póstuma de los nuestros no sólo es una forma samaritana de ternura, es también un cauce de comunicación e inhabitación.
Este libro aspira a ser, no tanto un cofre que guarde algunas de las voces escritas de Bernardo y muchos de nuestros afectos, sino un signo, un sacramento que reproduzca su presencia entre nosotros. Y la multiplique y expanda. Al leer sus palabras en los textos recuperados o al evocar su persona en los testimonios íntimos de tantos, le traemos de nuevo hasta nosotros, de nuevo le escuchamos, le introducimos en nuestra inteligencia y nuestro corazón y ahí nos alimentamos de él, sentimos el calor de su presencia. Porque si el que ama no muere (S. Pablo), el que es amado tampoco: el tiempo de cada uno, limitado, cortísimo, es trascendido por la memoria amorosa de los otros.
Gracias desde esta familia de Babilafuente a quienes tuvieron la idea del libro y la pusieron en marcha con dedicación y ternura, José A. Lobo y Dulce, de Acción Verapaz. A Rufino Lobo que ha distraído su tiempo doliente de operaciones y recuperación ordenando los materiales que aquí van. A Felicísimo Martínez, que ha hecho aportaciones muy importantes a la organización del texto. Y a Juan Huarte que ha hecho una lectura pormenorizada, para omitir repeticiones innecesarias. Gracias a todos los que acompañan la voz mayor de Bernardo con la suya propia en este libro. ¡Recibiremos todos la recompensa de sus semillas germinando en nuestras vidas!

Quintín García

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