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LLAMARADAS DE FUEGO

Amigo Bernardo, ya 12 años que nos dejaste y aquí estaré hasta que pierda la cabeza, porque me transmites paz y tranquilidad.
Te cuento: cada vez vamos peor, llevamos meses donde los políticos se pelean para ganarse el sillón, metiendo un miedo terrible, que si España se va a romper, que si va a llegar el apocalipsis, así que la gente está acojonada.
Cuando llegas a ciertos años todos son penas, ¡Como ha pasado nuestra vida! me duele ¡Aquí! ¡Aquí! ¡Aquí! y la gente tiene miedo a morirse, pero es parte de la vida.
Lo que no es parte, es lo que está sucediendo con esas llamaradas de fuego que están destruyendo países, ciudades enteras, hospitales donde hay gente indefensa, niños, mayores, no les importa que caigan bombas y se lleven a la mitad de las personas inocentes y más que esto no va a terminar. No hay derecho, como decía el otro día un palestino, que tenía envidia a los muertos y encima el señor Biden y sus secuaces, le dicen a Netanyahu, que hay que dialogar. ¡Cómo pueden decir esto! Si los están mandando misiles para que los maten, ¿Dónde está la ONU?

Creo que estamos en el mejor rinconcito del mundo, también hay llamaradas de alegría y paz, viendo lo que está pasando en medio mundo no nos podemos quejar.
En el primer relato que escribí sobre la pandemia, pensaba que teníamos que cambiar, que íbamos a ser más humanos y solidarios, diciéndome muchos, ¡Que no! Que cada uno va a su aire. Y yo digo ¡Que no! Que hay gente muy buena. Que te voy a contar.
Este año para mí ha sido bueno, no me puedo quejar, porque soy un soñador . Si es verdad que tengo mis años, unas veces me duele aquí, otras del otro lado y así andamos. A día de hoy, tenemos que ayudar a muy poca gente con el banco de alimentos.
He presentado mi cuarto libro, en el teatro, donde hablaron mis nietos, cantaron mi hijo, el sobrino y el amigo. Quintín llevó las riendas, hablaron Pedro el cura y el presidente de Europa del Banco de Alimentos, explicando como lo gestionaban, y finalmente hablé yo. Así que la gente tan contenta, luego tuvimos un convite. Firmé a los que vinieron de fuera porque se me da muy mal, y luego fui a la gente que me llamó a llevarles el libro dedicado, donde a muchos hace mucho que no los veía por la maldita Pandemia. Me contaron sus historias, porque la gente quiere desahogarse, así que no me puedo quejar. Sé que mis libros no son best seller, pero he hecho feliz a tanta gente, que con eso me quedo.
A los pocos días, me dijo mi hija que le había llamado la directora del Colegio, que si quería dar una charla a los niños. Me puse tan contento. Al día siguiente allí me presenté, diciéndome mi mujer que me preparara algo, yo le dije que a los niños hay que hablarles como a niños.
Casi todos me conocían, pregunté a la directora que tenía que hacer, ella me explicó, le harán preguntas y usted contestará, tienen un día muy malo, es el día del bocata, a ver si en una hora me los calma. Había como unos 50 o 60, les di los buenos días y me empezaron a preguntar. Lo primero que me preguntaron que, si tenía mucho dinero por ser escritor, vamos a ver hijos, yo soy como vuestros padres y abuelos, que un día se me ocurrió escribir mi vida, les expliqué, ahí al lado venía yo a la escuela, no teníamos calefacción, llevábamos unas albarcas y unos trapos que me hacían heridas en mis tiernos pies, nos metían en una lata de sardinas un poco de paja, y hacía de estufa para calentar nuestros pies. A los 9 años me ajustaron para trabajar en una casa, había poco, éramos 8 hermanos. Cuando cumplí 11 años fui a segar a Moríñigo donde dormía en un pajar y las ratas pasaban por encima de mí.

Los veía que estaban clavados a lo que decía y uno me preguntó que era segar, diciéndole ¿sabes dónde viene el pan que comes? Algunos lo sabían, unos decían de la cebada y otros del centeno. Me hicieron muchas preguntas, que yo con cariño les contesté, me preguntaron también que, si en aquella época había bullying, yo les dije que sí, que hasta del maestro y de los guaperas que comían bien, haciéndoles una línea a los humildes, diciéndoles que lo más grande que hay en esta vida, que cuando un niño es tímido, hay que ayudarlo, porque ahí es donde te sientes feliz.
Ya terminé y empezaron a aplaudir, se tiraron todos a mis brazos a besarme, como eran tantos casi me caigo contra una ventana, menos mal que la directora me agarró. Así que fue un día precioso, me regalaron un libro y me fui tan contento para casa, diciéndole María Jesús a mí hija que habían disfrutado.
Ya te dejo amigo, a ver si este año nos vienen llamaradas de alegría, humildad, amor y paz, si no este mundo no tiene sentido, porque estamos perdiendo hasta la educación.
Un abrazo.
ALFONSO “EL PINDOQUE”

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