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RECUERDOS DE MI NIÑEZ EN VILLORIA

Marzo 2020

Con motivo de estar confinado en casa por el maldito virus, escribo mis recuerdos de la niñez.
Me llamo Eduardo Pérez Luis, nací en Villoria (Salamanca) el 18 de noviembre de 1930, en el nuevo cuartel de la Guardia Civil, porque mi padre –Alfonso- estaba destinado en ese puesto. Mi madre se llamaba Carmen. Mis dos hermanos Carmen y Arsenio (doy estos detalles por si hay personas de avanzada edad que se acuerden de algo, aunque lo dudo).
Mis primeros recuerdos del cuartel son muy fugaces, hasta que tuve 4 o 5 años. Recuerdo un triciclo que compartía con mi hermano Arse y nos peleábamos por montar en él con mucha frecuencia.
El patio del cuartel era bastante grande, o a mí me lo parecía; en él estaban las casas de las familias, la cuadra, el pajar, las carboneras, etc…
También creo recordar cómo me pusieron el nombre de “Bariche” (que entre los niños de Villoria y de otros sitios prevaleció durante años): a mi madre le gustaba que tuviera melena –como así se puede ver en alguna de las pocas fotos que tengo de aquella época- pues bien, había un guardia joven que me llamaba Eduardicha –por eso de la melena- y yo cada vez que lo veía me dirigía a él diciendo “ero Bariche”, pues como era pequeño no sabía pronunciar lo de Eduardiche , y me quedé con Bariche. De esto doy poca fe, sí parece que tengo algún pequeño recuerdo, pero quizá sé más de oírlo contar a mis padres, el caso es que todo el mundo me llamaba Bariche.

En medio del patio había un pozo con un brocal que a mí me parecía muy alto cuando me asomaba a ver los peces de colores que vivían allí. Cuando cuarenta años después visité el cuartel y lo ví, me pareció muy pequeño, casi ridículo.
Todas las familias de los guardias nos llevábamos muy bien, las mujeres hacían tertulias en el patio al tiempo que realizaban labores de costura, y los niños jugábamos con los muchos amigos que teníamos de fuera.
Los caballos: cuando el guardia que estaba de cuadra tocaba las palmas, acudían todos a dar pienso, y a mí me gustaba ir a ver cómo acariciaban y limpiaban con tanto cariño cada uno a su caballo. El de mi padre era muy manso y hermoso, se llamaba Fino, de pelo tordo muy bonito. Cuando llegó la guerra los requisaron y no volvimos a verlos pues los llevaron al frente para los soldados y la cuadra, que era grande, quedó para jugar los niños en los días de invierno de agua, nieve y frío.
A mi madre la recuerdo siempre preocupada porque fuéramos limpios a todas partes. Se llevaba muy bien con las mujeres del cuartel, sobre todo con las señoras Margarita y Juana (la madre de Dña. Elisa). Recuerdo mi primer día de escuela grande dónde me llevó de la mano Rafa, que luego llegaría a ser capitán de la Guardia civil, lo mismo que Joselito.
Mi madre era muy religiosa y le gustaba ir a la iglesia, me figuro que influiría para que fuéramos monaguillos mi hermano y yo, junto con otros muchos niños. El domingo nos daba el párroco 10-15 céntimos a cada uno, y enseguida los gastábamos en el señor Tuto o en otro puesto de chuches que había en la plaza, creo que se llamaba Chamorro.
Del pozo que había en el patio del cuartel se sacaba agua para beber los caballos y para el gasto de casa, no así para el consumo humano, que teníamos que ir a buscarla al caño o a la fuente, los dos distaban bastante del pueblo –o así me lo parecía a mí- y era una lata venir cargado con una cantarita de agua. En aquella época no había agua corriente en las casa, por eso teníamos que ir a buscarla. Junto a uno y otra existía un pilón grande donde iban a lavar las señoras del pueblo la ropa. Mi madre tenía una lavandera- se llamaba Bárbara- que le hacía este oficio, previo pago, pues estaba siempre delicada y no le venía bien hacer este trabajo, aunque lavaba mucha ropa pequeña nuestra sacando agua del pozo. También nos acompañaba con su cántaro a buscar el agua de la fuente.
Cuando venía el médico –Don Nicasio- a casa, mi madre le sacaba un café y unas pastas, y si estaba mi padre en casa se podían pasar hablando toda la mañana.
Todas las familias hacían matanza y se ayudaban unas a otras. Los chorizos y demás cosas las hacían en unas dependencias que había en la cuadra – creo que era el guadarnés. A los niños nos gustaba darle a la máquina de picar las carnes. Mi madre tenía fama de saber hacer muy bien la matanza. Esos días para los niños eran de fiesta, viendo atrapar el cerdo, matarlo, chamuscarlo y todo lo demás.
El pueblo, según decían, estaba muy dividido políticamente en izquierdas y derechas –la guerra – pero los niños no lo percibíamos, pues jugábamos todos juntos, incluso de distintas escuelas, sin tener en cuenta nada.
Los vecinos que vivían más cerca del cuartel se llevaban muy bien con los guardias y sus familias, iban a buscar el agua al pozo y a vender las verduras, pues casi todos tenían huerta. El señor Narciso tenía un carro y una mula y con frecuencia marchaba a Peñaranda al mercado a vender su mercancía. Pues bien: un día llevó a mi hermano y yo me enfadé mucho porque no me llevó a mí… ¡era pequeño! 17 meses menos que él.
En casa tenían gran amistad con la señora Romana y el señor Anastasio, que tenían tres hijos, Elías, Manolo y Lucía (ésta última todavía me llama Bariche). He quedado con su hijo Anastasio en ir a verla.
Don Cándido era el maestro y las clases se daban en un antiguo salón de baile en un primer piso, pues la escuela nueva estaba en construcción cerca de la Alameda y por eso estaba habilitado dicho salón; el recreo lo hacíamos en la calle y en la plaza que está muy cerca. Yo algunos días junto con mi hermano nos dábamos una carrera hasta casa donde mi madre, por la ventana que daba a la calle nos daba algo de comer, y corriendo otra vez para seguir jugando hasta que D.Cándido nos reclamaba para continuar las clases ¡qué bien lo pasábamos!
Tenía mis amigos de la sección que hacíamos grupo en el tablero y en las mesas; de algunos recuerdo sus nombres: Simón, Benito, Vicente, Efesio, Ramón y alguno más. Francisco, Miguel Angel hijo de Doña Teresa, éstos eran más amigos de mi hermano Arsenio y sobre todo José el Amigo, que así llamaban a su padre. No se conocía el fútbol, así que jugábamos a otros juegos como frontón, tirable, a la una anda mi mula, linares, pico-zorro-zaina, chirumba… a nidos, peces, ranas….Un juego que practicábamos mucho era el aro. Yo tenía uno muy bueno que me lo hicieron en la fragua del señor Jaime que estaba muy cerca del cuartel.
En el pueblo se hacían muchos barros, pues no estaban asfaltadas las calles, llegábamos a casa impresionantes de estar todo el día jugando en la calle y todos los días mi madre nos obligaba y nos ayudaba a limpiar el calzado para tenerlo bien el día siguiente y esto no nos gustaba nada.
Algunos jueves por la tarde, que no teníamos escuela, nos mandaba el cura a Villoruela, está cerca, a buscar las formas para dar la comunión. Las hacían en un convento de monjas, creo que eran Carmelitas. Nos regalaban los recortes y nosotros les comprábamos regaliz, la raíz de un árbol, para mascar. Era curioso ver en todas las puertas de Villoruela, en la calle, trabajar la mimbre como una industria del pueblo. Los niños de allí nos llamaban “villorejos patas de conejos”.
En Villoria casi todos trabajaban en el campo y tenían bueyes y mulas y me gustaba ir con mis amigos a sus corrales a verlos. También en verano iba a trillar y en la época de la vendimia a ver como recogían las uvas.
Concentraron fuera de Villoria a los guardias al comienzo de la guerra y nos quedamos las familias de los mismos solas en el cuartel. Hubo, no sé si rumores o amenazas de prender fuego al cuartel por la noche y tuvimos que salir alguna noche a dormir a casas particulares que nos acogieron.

El polvorín de Peñaranda nos llenó de miedo, cuando vimos aquella columna de humo y oímos la explosión pensando que sería un sabotaje.
¡Qué bonitos los conejos que teníamos en el patio! Los nuestros eran blancos. Un día hubo tormenta y se llenó una madriguera de agua. Pues bien, la coneja sacó a las crías una por una con la boca para que no se ahogaran, las puso a salvo.
Por entonces existían las capillas de la Virgen que iban pasando por las casa. Nosotros recibíamos el Carmen, que mi madre le tenía mucha devoción. Rezábamos para recibirla y dos días después para despedirla. Durante esos días se ponían lamparillas de aceite.
En Villoria había dos bandas de música, una de dulzaina y otra de trompetas y cada domingo tocaba una el baile en la plaza que se ponía muy animado.
Otro de mis recuerdos es la celebración de San Antón, cuando salíamos ese día al recreo a media mañana, íbamos a la Plaza donde está la Iglesia y allí llegaban los mozos con sus ganados, bueyes, vacas, alguna oveja y otros…, a darles vueltas, corriendo alrededor de la iglesia; pero lo bonito era cuando llegaban las caballerías enjaezadas con penachos de flores en la cabeza, el rabo también recogido y adornado, y el mozo montado en la mula, el burro o el caballo, haciéndoles moverse con pasos ensayados y luciéndose delante del público que les mirábamos, sobre todo si había chicas. Los jinetes también estaban engalanados con sombreros, espuelas y otras prendas. Como estábamos tan contentos los niños nos olvidábamos de volver a clase y Don Cándido tenía que salir a rescatarnos. Un día muy alegre en el que participaba mucha gente. Ahora, creo yo que sólo irán con perros, gatos y pájaros, porque otros animales casi no quedan.
Mi hermana Carmen fue a estudiar a Salamanca a casa de la señora Pilar, y mi madre iba con frecuencia a llevarle comida –matanza- y por regla general nos llevaba con ella. Me encantaba ir a Babilafuente a coger el tren; me encontraba feliz en aquel cacharro. (hasta Babilafuente había que desplazarse en burro o andando por aquellos caminos llenos de barros, no existía la carretera y no había coches, nada más la camioneta del señor Santos). Llegaba a la estación de Salamanca ¡cuántos trenes! y por la tarde vuelta a lo mismo.
En los últimos años de vivir en Villoria, 1940-41, comenzaron a hacer la carretera de una manera rudimentaria, pues no se conocía la maquinaria de ahora, todo se hacía a mano o por medio de tracción animal. Llegaron el pueblo una cuadrilla de andaluces que se dedicaban a transportar piedra para la carretera mediante una retahíla de burros con serones de esparto que cargaban y descargaban a mano, para que otros señores con martillos mangados con largos palos las rompieran para hacer el firme y echarles tierra encima; después venía el cilindro -hoy apisonadora- tirado por cuatro mulas en fila india para aplastar todo aquello. La carretera de Babilafuente a Cantalpino tardaron varios años en hacerla. Los andaluces con sus familias se hospedaban en la posada que había en el pueblo.
Estos son algunos de los recuerdos de mi niñez feliz en Villoria, aunque tengo muchos más.
Y Llegó lo malo: enfermedad (7 días), muerte y entierro de mi querida madre. De esto no quiero hablar, aunque lo recuerdo muy bien.
Dos días después salí de Villoria para no volver. ADIOS

EDUARDO

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