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¿CÓMO ES POSIBLE, RAMÓN?

Me levanto una mañana del mes de octubre y veo en el WhatsApp que se ha muerto Ramón el de Cordovilla, el marido de Manoli; pensé: no puede ser, no me lo creía. Iban pasando los minutos y llegaban más mensajes confirmando lo mismo, pero ¿cómo es posible si le vi hace unos días arando en Riolobos…? La verdad es que no podía creerlo; de he hecho, a día de hoy, me cuesta creer que no está. ¿Cómo es posible, Ramón?.

Estuve en una ocasión en Lanzarote y allí había muchas obras expuestas de César Manrique, escultor que murió muy joven; uno de los integrantes de la excursión en la que estábamos comentó que personas como él no deberían morir nunca. Se me ha venido a la mente esa misma frase ya que tú también eras escultor y te diré: hombres como TÚ no deberían morir nunca. Siempre me he considerado tu amigo, pese a que no lo fuéramos de roce diario, y me consta que eras una persona excepcional. Conociéndote como te conocía, seguro que eras un buen padre y un excelente marido.

De nuevo vuelvo a sentir el dolor de haber perdido a un ser querido. Se ha ido para siempre, una vez más, un amigo, un tesoro irreparable que por desgracia no se puede comprar con dinero; por desgracia también, después de los míos ya vais dos: Rami, mi quinto, y tú. Dos amigos que habéis dejado un vacío en mí; con vosotros viví momentos que quedan grabados y, no sé por qué, no se olvidan; es más, no quiero olvidarlos. Contigo pasé la mili en Matacán y recuerdo haber ido a tu casa donde me enseñaste esculturas en piedra hechas por ti, no se me olvidará.

Ramón, ¿cómo es posible que ya no estés entre nosotros? Hombre de bien en cualquier situación, haciendo favores a los demás, ocupándote de tus quehaceres del día a día y siempre con una sonrisa, con un ¿hola un qué tal?, ¿qué haces, a dónde vas o de dónde vienes?, siempre cumpliendo con tu trabajo y derrochando amabilidad con los que te rodeaban.

Me hubiera encantado decirte todo esto en vida, pero no me has dado tiempo. Te has ido demasiado pronto. Ahora solo me queda la esperanza que, desde allá donde te encuentres, puedas leer esto que te escribo. ¡Cuánto daría por seguir escuchando tus consejos! y cuánto me hubiera gustado darte las gracias por los favores que en su día me hiciste y no te los supe agradecer en su momento, de lo que ahora me arrepiento.

Nunca te voy a olvidar y nunca te vamos a olvidar. Quiero que ocupes un espacio en nuestra revista digital Besana para que, de esta manera, dentro de un tiempo quien lo lea sepa que entre nosotros vivió un hombre que se llamaba Ramón, un hombre cabal, al que no se le conocían enemigos y que era más bueno que el pan.

¡Que palos nos da la vida.!         ¿CÓMO ES POSIBLE RAMÓN?

J.L.H.

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