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De jóvenes el sistema nos había hecho a unos altaneros, a otros miedosos e ignorantes

¿POR QUÉ ESPERAR A PEDIR PERDÓN?, ALGO QUE NO VA CONMIGO.


De jóvenes el sistema nos había hecho a unos altaneros, a otros miedosos e ignorantes
Hay cosas en esta vida que aunque viviera 2000 años no se me irían de la cabeza, de las que me avergüenzo como persona porque no supe estar a la altura. Cuando eres joven te crees que estás preparado para todo y no sabes nada de nada, te dicen que vienen aviones rusos o americanos tirando piruletas o jamones, te lo crees y lo mismo son misiles o bombas.

Yo era muy joven cuando fui a trabajar a Bilbao, tenía 18 años y empecé a trabajar a los cuatro días de llegar, encontré patrona para dormir y comer, que me parece que me llevaban 325 pesetas semanales. Para ir al corte cogíamos un autobús, la parada estaba pegando al centro social donde daban cines, teatros y los mayores jugaban a las cartas, es la calle más importante de Basauri, donde todos los pardillos o maquetos (como nos llamaban ciertos vascos), paseábamos con nuestras novias, también había una plaza para bailar, aquello era una gozada porque teníamos trabajo y para los pobres era nuestra felicidad. Una mañana cuando esperaba el autobús con otros chicos nos percatamos que por la otra acera bajaban dos chicos jóvenes, que digo yo que irían al trabajo como nosotros y dijimos que castaña se traen los paisanos, porque aquello era un cuadro, cuando me percato de que eran cojos, uno cojeaba del pie derecho y otro del izquierdo, porque unas veces hacían el quiebro que casi se caían y enseguida estaban en pie, y claro como yo no lo había visto en mi vida, pues me escojonaba al verlos, porque eso ahora se hubiera subsanado poniéndoles un tacón en el zapato y hubieran pasado desapercibidos, seguro que eran unos pardillos como yo, que habían salido de su pueblo a ganar cuatro perras como todos, para mandárselas a sus padres. Aquello que vi no se me ha ido de la cabeza porque no hay cosa que me dé más rabia que se ría uno de la gente que tiene una deficiencia, demasiada desgracia es y ¿quién soy yo para reírme de nadie?

Pasan los años y vuelvo de vacaciones al pueblo a pasar unos días con mi familia, son las fiestas de septiembre del pueblo y de Salamanca, le digo a un medio amigo un sábado, ¿Nos vamos a la capital a la verbena? Que aquello para mi parecía Hollywood del ambiente que había, se estaba saliendo un poco de la pobreza y vinieron unas orquestas a la plaza mayor de lo mejorcito que había, era una noche estrellada, plagada de paz con aquellos saxofonistas y trompetistas, con baterías donde sus palos se entrelazaban al vértigo de un rayo, sus guitarras eléctricas punteadas con dedos eléctricos amenazando a las estrellas con sus notas rasgadas que parecían versos de Lorca o Machado, había unas chavalas preciosas que solo con rozar sus ropas era estar en el paraíso, pero claro, tenía mis limitaciones, no era un guaperas, estaba todavía en leche como decía mi padre, un poco requemado del pueblo, mi ropa no estaba a la altura de aquella gran noche, con mi altura de 1´68 cm, no era un Rod Hudson y eso se notaba porque casi no bailé.

El medio amigo creo que iba un poco más avanzado, tenía más labia, era un poco fanfa y más bajo, ahora está un poco revenido como la avena loca, no como yo que por entonces empecé a esponjar y le saco la cabeza. Como llevábamos dando muchas vueltas sin jamarnos una rosca, nos dimos cuenta de dos chavalitas que estaban apoyadas al lado de un banco, de pie. Le dije al otro vamos a dar el golpe a ver si cae algo del cielo, me puso condiciones, para él la rubia que estaba mejor, hablando claro, la otra era morena, más bajita, yo lo único que quería era bailar, me daba lo mismo, mi cuerpo quería movimiento porque si no me iba a quedar dormido.

Pues empezamos a intentar conquistarlas y pidiendo que bailaran, pero nada, nos tiramos tres horas que duró la verbena y no bailamos una pieza. Lo pasamos bien, eran muy monas y simpáticas pero no las vimos dar un paso, hasta las propusimos acompañarlas hasta casa, algo que no quisieron. Me daba cuenta que aquello no era normal y la propuse a la que yo quería camelar, para salir el domingo por la tarde para dar una vuelta a la ciudad o ir al cine, y me dijo que sí.

Así que quedé con ella a las seis de la tarde en La Alamedilla al pie de los patos, para ser más romántico. Yo me puse las mejores galas, una camisa y unos pantalones, lo mismo hechos por el tendero de Villoruela, perfumado con tomillo de la fuente El Moral, todavía no conocía al señor Baron Dandy. Mi corazón latía un poco deprisa, porque era una de mis primeras citas y dije para mí, un plantón más en mi carrera. En ese tiempo de espera la vi venir, yo sabía que no iba a ser Sofía Loren o Claudia Cardinale, me día cuenta que traía un cojera la criatura que el señor me perdone, me quedé de piedra, dándome cuenta que ese era el motivo de no querer bailar, la pregunté a la chiquilla que donde íbamos maliciosamente, al cine que estaba allí pegando. Ella me dijo que quería ir para abajo a la plaza mayor que era donde estaba el ambiente y yo la dije que no. Me dijo que si no íbamos para abajo se iba a casa y así lo hizo, la vi alejarse con su falda roja y una blusa blanca, cogiéndome un cabreo que aún no se me ha ido y ¿sabéis por qué?, porque debajo de aquella blusa había un corazón limpio, me di cuenta que no estuve a la altura como persona, que había perdido con haber pasado una tarde con aquella chica, pero creo que no lo hice por eso. Si no porque estaban todos los jóvenes del pueblo por allí ya que era domingo, y me verían e íbamos a ser el hazmerreír y seguro delante de ella, de mí no me importaba.

De jóvenes el sistema nos había hecho a unos altaneros, a otros miedosos e ignorantes. Porque entonces había puertas giratorias para las libertades y franjas rojas, como casos reales que pasaron donde familias pobres secuestraban a sus hijos en alguna habitación porque tenían una malformación y no lo sacaban a la calle hasta los tres o cuatro años porque iban a ser rechazados por aquella sociedad de bondades y amor al prójimo, doy fe de ello, ahora es todo lo contrario, ya no se margina y la gente se vuelca con ellos, maldito sistema y pido perdón, perdón y perdón.

Ya termino, hace 37 años, como me han gustado tantos lo toros, tengo un amigo al que también le gustan mucho y en alguna plaza coincidíamos, yo lo mismo daba algún mantazo y me gustaba mucho cortarles, pues este amigo tiene una pierna 10 centímetros más corta que la otra, que ahora no se le nota porque le crecen los zapatos de ese pie. Le encanta correr los toros y las vacas, pero entonces no llevaba suplemento, salía corriendo cojeando, las vacas que se fijan y van derecho hacia ti, pero nunca lo cogían, si iba derecho los primeros metros le seguían, pero al quebrar la pierna para el otro lado se perdían y les jodia el cuello a los animales, que yo creo que les entraba tortícolis, como hacen los cortadores que le hacen el quiebro, se pierden. Las vacas que son muy listas, a las dos carreras hacían como si fuera de familia, porque ya no se arrancaban, ya no le miraban. Así que la gente se escojonaba de risa de este gran cojo.

Tengo un primo un poco «tranchala», que quiero mucho y que de peqeño cojeaba un poco me conto, que en un encierro aquí en el pueblo salió un Morlaco cojonudo, estaba con unos cuantos y el bicho que los vio se fue a por ellos y les dijo correr correr poneros a salvo que al cojo le tiene seguro. No sé si será cierto porque alguna mentira me mete.

Un abrazo.

ALFONSO «EL PINDOQUE»

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