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QUE SUERTE HEMOS TENIDO EN VILLORIA CON ESTE GRAN MÉDICO.

Querido amigo Antonio, que yo creo que has sido de todo el pueblo.  Te cuento, no nos has defraudado porque desde el primer día te volcaste con todo el mundo para realizar esa tarea tan difícil que es ser médico, que hay veces que no se acierta, pero eso nos ha pasado a todos los que hemos tenido un trabajo, tú nunca nos has dejado tirados,  conoces más nuestro cuerpo que nuestra madre.

Yo que hablo bastante con la gente veo que el pueblo está triste, porque a este monumento de persona le ha llegado la hora de jubilarse, te lo has ganado y para este pueblo que te adora ha sido un golpe bajo, porque de lo bueno nunca nos cansamos y más si está en juego la salud de las personas.

Te conocí hace 14 años a finales de septiembre, una mañana hermosa dije, voy a hacer la marcha solidaria con mi querido Caos, el perro, llegamos a Babilafuente y le dije vamos a ver a mis amigos los curas, empujo la puerta y estaba Bernardo y le dije ¿dónde está Quintín?, me dijo que arriba en su habitación, dejo al perro abajo atado, subo las escaleras y allí estaba,  después de hablar un poco nos despedimos, fui a echar el pie para bajar la escalera y perdí el equilibrio, zampándome 20 pasos con tres descansillos que eran anchos, pero no me quedaba en ninguno, enseguida pensé que me mataba, llegué a la pared donde tuve la suerte de poner la mano, dando un grito de dolor porque me había tronchado la muñeca.

Me quedé inmóvil y mi perro “Caos” que estaba pegando donde  aparqué empezó como a llorar, igual que los lobos cuando están atrapados. Según estaba aullando el perro mis amigos se dieron cuenta de que algo había ocurrido. Fuimos  a Salamanca y me operaron, estuve allí unos días, me dieron el alta y fui a ver con mi mujer a este gran hombre, Antonio.  Se levantó  cuando me vió, le conté lo que me había ocurrido, me dijo que había tenido suerte porque si me doy en la cabeza o en la espalda hubiera sido grave. Se sentó, uno noventa y pico que mide, con esa bondad y humanidad, y fue como un flechazo, nos hicimos amigos desde el primer día, preguntándome qué tal de gente había en este pueblo,  le contesté, como en todos, unos malos, otros regulares y también buena gente. Ahora lo que hace falta es ver como es usted, me dijo tiene usted razón, procuraré estar a la altura, porque me han hablado bien de él.

Pues no nos has fallado amigo, lo único que te reprocho que alguna vez nos lo has puesto feo, y una vez te dije que si encuentras en mi algo grave no me lo digas, el tiempo dará la razón al médico o al paciente. Pero has tenido buen olfato y, aunque he tenido cogidas graves, pero me has transmitido mucha confianza y muchas veces me has dado consejos, me decías no corras tanto, y yo te respondía, Antonio que yo no me puedo morir, con esos abrazos que me dabas cuando iba a por recetas, con cariño y respeto, así que me agarré a tu profesionalidad sabiendo que no me fallarías.

Cuántas veces hemos hablado de familias que lo estaban pasando mal, tú como médico me orientabas y yo iba e intentaba solucionar la situación, porque tú lo detectabas, porque has sido como un confesor. Muchas penas te han contando y se han solucionado sin  saberlo nadie.

Amigo, ha sido un placer, ese filin que hemos tenido, ese trabajo que has realizado en este pueblo, que pasarán muchos años para olvidarte, porque has roto la pasividad de algunos que han pasado por aquí, que muchas veces no se levantaban de la silla para verte . Si es verdad que nos has puesto en apuros a la gente mayor, que no estábamos acostumbrados a que nos vieran la barriga y más cosas, pero tu nada, lo mismo me dolía el ombligo y me dejabas en pelotas, diciéndome come te voy a auscultar si no te miro, pero amigo, venimos de la posguerra, que todo era miedo y vergüenza, todo estaba prohibido, pero tú has sabido manejar el barco del progreso, y yo diría que has hecho de psicólogo, te veíamos como un amigo, has hecho mucho por toda la gente. Hablar contigo me curaba más que las pastillas

Esas visitas extraoficiales que hacías a la gente mayor que no podían salir de casa, tu jornada ya había terminado pero no importaba, pasabas a ver a esas personas antes de regresar a Salamanca. Cuantas cosas podría decir de ti, ya habrá otros que lo hagan, porque me parece como si me estuviera despidiendo de una persona que nos ha dejado.

Deseo que disfrutes de tu familia, especialmente de tu mujer, porque ahora es cuando más nos necesitamos. Yo me quedo con el último abrazo que nos dimos, que por poco me jodes la columna, donde las lágrimas estuvieron a punto de rodar y esperar a ver a quién nos mandan, porque habéis dejado el listón muy alto, así que nos quedamos con nuestro amigo Santiago, que se deja la piel por sus pacientes.

 

Si es verdad que todo lo que habéis hecho entra dentro del sueldo, pero ese cariño que habéis traspasado hasta nuestros nietos se consigue por algo.

Un abrazo

ALFONSO “EL PINDOQUE”

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