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(TEXTO EXTRAIDO DE LA PÁGINA WEB DE ESTA ASOCIACIÓN)

CRÓNICA, MARCHA SENDERISTA POR EL AZUD DE RIOLOBOS

(TEXTO EXTRAIDO DE LA PÁGINA WEB DE ESTA ASOCIACIÓN)


Este domingo fue de esos días en los que uno se acuerda de los guías. Cualquiera (con todo el derecho y naturalidad) se puede dar de baja (y más viendo las terribles previsiones ciclogénicas) excepto los abnegados guías; ellos nos han preparado con toda la ilusión del mundo su ruta y aunque les caiga el cielo sobre sus cabezas, obstinadamente la realizan.

Está visto que poco a poco, cada guía se va especializando: unos hacen las rutas más exigentes, otros más festivas, unos por El Jerte, Gata, por Béjar o por su tierra. Felipe y Cati se nos están encasillando con la dura, ancha (demasiado ancha) y llana meseta castellana. Esto conlleva un plus para que éstas sean más atractivas y ellos ya son maestros para adaptarles un contenido ornitológico y artístico, que de los dos (y ahora también de agua) rebosa nuestra estepa.

Como nos cuenta Javier… fue un día invernal de paseo por tierras de Peñaranda. El café con la tortilla calentita, recién hecha y luego, la nieve y el agua a ratos, fuimos peregrinos por las cruces de los caminos y las llamativas iglesias de Rágama y Zorita (¡qué hermosa la contorsión de algunas de sus imágenes y qué impactante la enorme cicatriz en la cara de una de aquellas vírgenes de madera!).

Y el paréntesis de la comida, resguardados en una tenada con alpacas de paja, mientras caía todo lo que se nos perdonaría luego.

Y después el sol, pero con un viento que nos hacía inflarnos como globos e inclinarnos para tratar de encontrar una vertical que nos permitiera avanzar por la “tundra” que rodea el azud de Riolobos.

Y como si de una última prueba de un secreto concurso se tratara, cuando ya empezábamos a avistar a lo lejos la torre y la campana de la iglesia de Villoria… el agua se transformó en granizo y nos golpeó inmisericorde, movida por un viento que parecía saber sólo expresarse a bofetadas, antes de desembarcar en aquel refugio -¡bendito tugurio!-, regentado, por si fuera poco, por una amable señorita dispuesta a refrescar la sed del caminante y animado por una muchedumbre de tahúres aficionados que allí habían decidido olvidarse del temporal en ésa, ahora ya sí, por fin, soleada tarde de domingo.

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