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Le he ganado la apuesta al pastor

EL RINCÓN DE LA POESÍA


Le he ganado la apuesta al pastor
Ando contento este año con los almendros ya florecidos en Valdevid, mirando al Duero, que no me han dejado mal. Han estado puntuales por Las Candelas, como es de ley en los últimos años, a pesar de que se heló la nieve caída por Reyes y vinieron fríos los vientos, y hasta volvieron a crecerle los chupiteles a los tejados en el sombrío de la iglesia. Eso ha sido lo que le ha hecho perder la apuesta al Celes, el pastor, que estaba el hombre todavía temblón por no haber podido sacar el atajo en una semana, como antaño cuando caían las nieves bien caídas.

Pero no me las tenía yo todas conmigo, la verdad, hasta ver ayer las primeras corolas asomándose al sol, nuevecitas, que el año ha venido muy incierto. Por diciembre, como las lluvias blandearon mucho los climas, enseguida se le conocieron los brotes a los almendros, lo mismo que a los chopos y a los álamos de El Valle, menos a los olmos esos, claro, que ya están para el requiescatinpace. Así que los fríos de Reyes les metieron mano a las yemas, sí, que se tiznaron de gris. Y me dije, uy madre, otro año que no probamos los turrones. Pero el agua y las nieblas de San Antón reblandecieron de nuevo la atmósfera. A mí lo que me guía es la cara que ponen los botones del almendro. Si los botones pasan el quince de enero sin arrebatarse, flores por Las Candelas, es de ley en estos últimos años. Y no como decía el pastor, que en cuanto vio por el dieciocho dos tardes seguidas al ganado con las orejas gachas y apelotonado al recogerse, porfiaba: esta noche hielos negros, señor Ambrosio. Y yo, a que no. Y él, a que sí. Yo, flores por la Candelaria; y él que no. Testarrón se puso. Para dar por terminada la discusión tuvimos que apostarnos la copa de aguardiente para la verbena de Carnaval.

Todavía me asustó en la anochecida del treinta y uno, que anduve tardío por los alcores recogiendo ramojos para la estufa. Cuidadito con estas noches del treinta y uno y el uno, me dijo, que algo barrunta el ganado y hasta los perros andan recelosos. A la bajada a Valdevid miré con miedos para los capullos de los almendros y venían como cochina con diez crías en el vientre a punto de parir. Parecía que fueran a estallar. Pasó la del treinta y uno y sí heló, pero pasadero, ni comparación con lo que decía el pastor, no creo que hiciera grandes daños. Ese día no pude subir, anduvieron los chicos trasegando grano, que aunque ya está uno jubilado hay que estar en todo. En la del uno para el dos, el de la apuesta, me desperté pronto por la cosa de las reumas, que ya no me dejan parar mucho en la cama, y más en invierno de lluvias como éste. Enseguida me asomé al corral a ver si el pilón tenía hielos. Una capa regularcita tenía. ¡Uyuyuy, qué habrá sido! Almorcé lo de todos los días, cogí la cachaba y me fui subiendo para Valdevid. El sol seguía aperezado al principio, luego se rehizo. Puede ser, iba dudando para entre mí por el camino, puede que alguna flor haya asomado ya la oreja con este sol y le gane la apuesta al Celes el pastor. O a lo mejor se han asustado y la pierdo. Las cebadas se habían puesto guapas, con un verde joven y sano en los tallos. Aún lejos miraba las ringleras de almendros recostados al abrigo de la laderilla y me parecían del mismo color, gris y mortuorio, de los olmos. ¡Malo!, me dije.


Pero no, como a trescientos metros, empecé a entrever el blancor de las primeras. Allí estaban, día dos de Febrero, puntuales, sí señor, por Las Candelas, como es de ley en los últimos años. No había más que unas cuantas. Se asemejaban a corderillos recién paridos, asustados aún. Me entró una alegría por dentro. Y no por la copa de aguardiente, si ahora hay de sobra; ni por darle en los morros al Celes, no; ni siquiera por lo de los turrones, que cualquier noche de estas pega un cierzo traidor y adiós; sino porque daba gusto verlas, tan blanquecitas y vivarachas, que era una bendición al lado de los olmos esos, amortajados sin remedio.

Quintín García González

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