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Nuestro ilustre inventor es recordado en toda España, cuando se cumplen, 110 años de su nacimiento

LA INCREÍBLE VIDA DEL RUSO MUERTO


Nuestro ilustre inventor es recordado en toda España, cuando se cumplen, 110 años de su nacimiento
*Se cumplen 110 años del nacimiento del ingeniero, aviador e inventor Fernando Gallego, cuya singular tumba agoniza en el camposanto de Logroño.

*Reconocido como uno de los primeros españoles en dar la vuelta al mundo en avión, ‘El Ruso’ fue una de las figuras más peculiares y creativas del Logroño de la postguerra.

Muchos le conocieron, pero casi nadie sabía quién era realmente aquel hombre. La imponente estampa de Fernando Gallego Herrera no pasaba desapercibida cuando salía de su casa, una finca bautizada como Villa Humildad en el camino viejo de Alberite, y se paseaba por la ciudad con su perenne tabardo y aquel gorro de aire soviético que le mereció el apodo de ‘El Ruso’. Sus vecinos podían toparse con él junto al Ebro calculando la presión del agua contra el Puente de Hierro. O a la puerta del teatro Moderno acudiendo junto a su esposa Humildad a disfrutar desde el palco de algún espectáculo llegado desde Madrid. Pero el lugar que más frecuentó sobre todo en sus últimos días de vida fue el cementerio de la ciudad.

Allí, en la calle San Juan del camposanto, sigue clamando al cielo una rehabilitación el grandioso panteón donde reposa el matrimonio y que, al no tener descendencia, pasó a manos del Ayuntamiento situándose en un limbo que alimenta el paulatino deterioro de una obra que construyó su propio morador en Villa Humildad antes de desaparecer. La tumba de Gallego es su obra más pública y peculiar. Construida con materiales recabados por todo el planeta en la infinidad de viajes que realizó, la estructura aglutina algunas de las obsesiones que guiaron la vida de este polifacético ingeniero nacido en 1901 en Villoria (Salamanca) y fallecido el 10 de junio de 1973 en Logroño: la cultura egipcia, el arte modernista y un sentido de la trascendencia reflejado en las alambicadas y misteriosas inscripciones que trufan el mausoleo.

Destacadísimo estudiante en su pueblo natal y luego en el colegio de Calatrava de la capital salmantina -el centro creó en tercero de Bachillerato un premio extraordinario para recompensar su labor que se le siguió otorgando en los años sucesivos- se trasladó después a Madrid para ingresar en la Escuela de Ingenieros de Caminos, Canales y Puertos y concluir la carrera con 25 años con la calificación de sobresaliente, el título de honor y el premio Escalona al mejor alumno. Continuó después estudiando Derecho en la facultad de la Universidad Central, al tiempo que perfeccionaba los cuatro idiomas que dominaba y obtenía la acreditación de aviador.

Su carrera profesional está marcada por multitud de colaboraciones con gobiernos de todo el mundo que le trasladaron desde China hasta Siria pasando por Moscú o Londres, y un constante afán por la innovación que le llevó a idear y construir avanzados proyectos recogidos por la prensa nacional e internacional de la época y por las publicaciones científicas más reputadas. En su currículum destacan, por ejemplo, el puente de arco funicular cuya descomunal maqueta forjó con sus propias manos en el jardín de Villa Humildad, un revolucionario modelo de vigas empotradas en muros, un sistema de cimientos de gravedad invertida o de flotación y el diseño de un ambicioso túnel que permitiría circular por el estrecho de Gibraltar y del que se hizo amplio eco hasta la revista norteamericana ‘Science and Invention’.

Pero del vasto inventario de creaciones que fraguó el efervescente cerebro de Fernando Gallego sobresale el que su autor denominó como ‘Aerogenio’. Se trataba de un aparato confeccionado inicialmente con metal, tela y madera -tras el primer prototipo, cuya patente se registró en febrero de 1933 en el Boletín Oficial de la Propiedad Industrial, elaboró posteriormente al menos otros dos que perfeccionaban los anteriores- previsto para facilitar el vuelo vertical y dotado de mandos
automáticos creados para conseguir lanzar explosivos sobre tierra a miles de kilómetros de distancia.

La prueba del primero de estos aerogenios, armado en Villoria con la única ayuda de su hermano José y cuyo coste ascendía a 200.000 pesetas de la época , levantó una inusitada expectación más allá incluso de Salamanca con una nutrida presencia de curiosos. Con cuarenta metros de superficie, 800 kilos de peso, alas cuadradas para aprovechar el principio sobre circulación de láminas aéreas, un motor de diez cilindros y cien caballos y dos cabinas para tres personas, la nave no llegó a despegar y ardió entre el estupor de la concurrencia. Nada de eso arredró a ‘El Ruso’, volviendo a confeccionar ya en su finca de Logroño otros aerogenios que tampoco llegaron nunca a volar.

Mientras ajustaba su invento, el ingeniero siguió participando en grandes proyectos internacionales y, se erigió como uno de los primeros españoles en completar la vuelta al mundo en 25 escalas partiendo de Nueva York y siguiendo la ruta de Occidente

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