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CARTA DE UN NO NACIDO.


Todavía no he nacido y pronto voy a morir. Lo decidieron mis padres hace unos días cuando tuvieron una discusión y mi madre estaba muy alterada; su corazón estaba muy acelerado y latía muy fuerte y muy deprisa.
Yo no podía escuchar la voz de mi padre pero sí las palabras de mi madre, aunque tampoco puedo conocer su significado. La alteración de las pulsaciones de mi madre me puso muy nervioso porque me llegaba muy poco oxígeno a través del cordón que me mantiene unido a ella.

“Eres un egoísta , decía, sabes que no podemos tenerlo ahora que acabo de conseguir un puesto de responsabilidad por el que he luchado tanto tiempo”. “No me hables de valores morales ni de que es un ser humano, cuando ni siquiera los expertos se ponen de acuerdo. Soy yo la que tiene que pasar por esto y me da mucho miedo. Puede que pague las consecuencias toda mi vida, pero ahora no estoy preparada para ser madre”.

Unos días después mis padres hablaban con alguien y mi madre preguntaba muchas cosas sobre palabras que yo no conocía como “anestesia”, “efectos secundarios”, “riesgos psicológicos”, “eliminación del feto”, “dinero por la intervención”…

“No quiero verlo, doctor, no quiero enterarme de nada y salir de aquí cuanto antes. Es un poco tarde y la tendrá mucho tamaño. ¡Ah!, que lo trituran antes para mayor facilidad y que la cabeza salga sin problemas”.

Desde aquel día algo va mal. Mi madre apenas come y noto que está muy triste. No me gusta sentir así a mi madre. Apenas habla con mi padre y toma unas cosas pequeñas y redondas que a mí me saben fatal.

Anoche mi madre tuvo sueños horribles y no paró de moverse. Hablaba en sueños con el pulso alterado y no paraba de repetir: “el niño no nacerá, el niño va a morir, voy a matar a mi hijo”. Y así todo el rato, una y otra vez: “voy a matar a mi hijo, el niño no nacerá…” Así supe que yo voy a morir, aunque no sé lo que significa, aunque creo que es algo malo.

Ya por la mañana descansó un poco y yo me quedé dormido. Tuve sueños maravillosos. Soñé con olores y sabores maravillosos; otros niños jugando y riendo, dándose la mano y abrazándose. Suaves colinas que olían a madre y de las que manaban ríos de leche tibia. Bebí de aquel río de vida y me dormí satisfecho en un blando regazo rodeado de unos brazos que me acariciaban mientras una hermosa voz me susurraba bajito bonitas canciones.

He despertado de repente y no sé dónde estoy. Mi madre ha llegado a ese lugar que no me gusta donde habla con personas extrañas. Mamá se ha tumbado sobre algo duro en una postura incómoda. Las personas extrañas han metido algo en la sangre de mi madre y se ha quedado dormida. Intento que despierte dando patadas pero no consigo nada.

Tengo que avisarla porque una luz cegadora ha llegado de algún sitio y no me deja ver, me deslumbra. Cierro los ojos, la luz permanece unos instantes y después se va. Sigo dando patadas y mi madre no despierta, ¡Mamá, mamá! En el útero ha entrado algo frío y duro que me oprime, que intenta atraparme y grito, y pataleo, y mi madre no me escucha.

Y ahora, en este preciso instante, sé lo que significa morir, que no viviré jamás, que nunca beberé leche tibia ni sentiré los brazos de una madre. Sé que voy a morir sin haber nacido.

EL PÁNCARO.

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