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Nuestro querido amigo y dominico Quintín García ha tenido el gran detalle de facilitarnos una de sus pequeñas obras de arte. Se trata del cuento titulado "Las fauces del Xioc", que obtuvo el primer premio del Concurso de Relato Breve sobre Derechos Humanos en el sesenta aniversario de la Declaracion Universal de los Derechos Humanos (Colegio de Abogados de Cáceres).

LAS FAUCES DEL XIOC

Nuestro querido amigo y dominico Quintín García ha tenido el gran detalle de facilitarnos una de sus pequeñas obras de arte. Se trata del cuento titulado “Las fauces del Xioc”, que obtuvo el primer premio del Concurso de Relato Breve sobre Derechos Humanos en el sesenta aniversario de la Declaracion Universal de los Derechos Humanos (Colegio de Abogados de Cáceres).

Las fauces del Xioc.

Al niño Misael, de la aldea de Txitukán, en aquella amanecida del Año Nuevo de 1982 no le dio tiempo a huir de la lava del volcán Xioc que descendió por las quebradas con las fauces en forma de rojos colmillos. Cuando lo despertaron los gritos de su mamá, que regresaba asustada de recoger leños en el bosque, ya el suelo de la casita era un río de fuego rojo y azul que todo lo arrasaba. La lava le calcinó las plantas de los pies. Fueron días y días de fiebres y rojas pesadillas amenazadoras, anclado en un petate de hojas de maíz en el pequeño dispensario. Tenía el patojo entonces ocho años y unos ojos grandes y negros, levemente ovalados como la madre tierra que doña Manolita ponía sobre la mesa de la escuelita. La tez de su rostro estaba renegrida de soles y de vientos, heredada así de sus antepasados por generaciones y generaciones.

Con los quetzales que su mamá fue recogiendo entre las otras mamás de la aldea, a Misael lo sacaron en mula desde la barranca donde vivía para que lo curaran los doctores en la capital. Tiempos de orfandad entre las cuatro paredes blancas de un hospital, sólo mitigada por las visitas de Doña Manolita cuando se regresaba a la capital para tareas de aprovisionamiento del dispensario y la escuela. A los meses regresó curado de las fiebres, los pies envueltos en vendas y hojas de banano. Pero las pesadillas no le desaparecieron. Cuando caía el sueño sobre sus párpados en las anochecidas encantadas de Txitukán, un hedor asfixiante como de humos de azufre y pólvora incendiaba su cuerpo y anegaba su frente en angustiosas premoniciones. Volvían a arder una y otra noche en su mente infantil las casitas de paja y las milpas granadas, azuzadas las llamas por el viento agrio que venía del Xioc. Una serpiente le miraba fijamente a los ojos desde el dintel de la puerta de la escuelita, avanzaba sin dejar de mirarle por los largos pasillos del hospital, y reptaba despacio, con sonidos silbantes, por su cuerpo sudoroso hasta enroscarse a su cuello. Cervatillos en traje de fiesta daban saltos enloquecidos de miedo por entre los matorrales huyendo de la lava. El quería seguirlos -¡esperad!, gritaba-, correr tras su rastro y esconderse en el bosque, pero sus pies se quedaban atrapados en la tierra, calcinados. Le despertaba el guirigay asustado de los guacamayos.

Desde aquella amanecida maldita del Año Nuevo Misael no pudo volver a andar; le tuvieron que ayudar otros niños a desplazarse por las sendas de polvo de la aldea en un rudimentario carretón de madera con los pies hechos de ruedas metálicas. Mañana y tarde, todos los días, los patojos de las familias vecinas le acercaban hasta la escuela. Allí aprendió a recitar, a coros, los viejos poemas de la milenaria tradición maya. Allí, en la escuelita de techo de hojas de palmera, aprendió a pintar con ceras las montañas que rodean Txitukán, sus casitas de caña, las milpas crecidas en verdes y amarillos con el volcán Xioc siempre al fondo, amenazante.

Con colores hechos de bejucos silvestres el muchacho pintaba muy lindas representaciones del libro sagrado Popol Vuh que Doña Manolita les leía en lengua queckchí. Fue llenando su largo cuaderno de dibujo con escenas de la historia de la aldea, desde sus orígenes hasta el día en que aparecieron los hombres de la guerra con sus trajes verde olivo y desaparecieron en la noche todos los papás. Esta estampa no supo cómo dibujarla. Las manos se le enredaron en el papel, como heridas, huérfanas, y sus ojos se enturbiaron recordando las oscuras pesadillas. Entonces Doña Manolita le pidió que pintara retratos, muchos retratos de todas las niñas de la aldea con sus largas cabelleras negras, su piel cobriza, y su sonrisa azul, vestidas con el huipil de fiestas. Las patojas colgaban luego orgullosas sus retratos en las paredes. Y los miraban. Y se reían quedito, para sus adentros.

Un día, cuando volvieron las masacres por toda La Verapaz, los niños oyeron intensas balaceras que procedían de la zona del volcán Xioc. Los disparos llegaban a la escuela rebotados y crecidos, roncos por el eco de todas las barrancas de la aldea de Txitukán. Venían los disparos acompañados por el chillido delator de los guacamayos alborotados. Los niños se miraron en sus pupilas desvalidas, huérfanas.

Huyeron todos, atemorizados, menos Misael, varado en la tierra como los troncos secos, rotos por el rayo, en mitad de las montañas. Doña Manolita lo escondió de prisa tras los cuadros pintados con las milpas y los rostros de las patojitas, cubriéndolo luego con su propio cuerpo.

Sobre la puerta, con el olor de la pólvora aún reciente en su guerrera, apareció la figura de Amílcar, un militar de tez blanquecina y dientes rojizos como la lava del volcán. De pie, fue mirando despacio los cuadros, uno por uno. Y descubrió la silueta entrevelada del cuerpo de la maestra y del muchacho sentado sobre el carretón al otro lado de las telas, en la penumbra, tensos los dos como los cervatillos huidos a su escondite. El militar se rió destempladamente.

En las risas turbias del hombre de la guerra, Misael, tras de la sombra verde y azul de los cuadros, oyó de nuevo, despavorido, como en aquella madrugada de Año Nuevo, como en sus noches de sudor y pesadillas, el rugido hirviente de la lava del volcán Xioc hecho balacera de plomo que zarandeaba ahora las ruedas de su carretón, calcinadas; que golpeaba con furia las leves paredes de caña de la escuelita; que luego rodeaba con fuego su cintura de niño; que subía, que subía por su piel como rojas lenguas de serpiente hasta su cuello -me ahogo, Doña Manolita-, se enroscaban a su garganta, reptaban hasta su boca -la anegaban-, hasta cegar sus ojos.

Aún alcanzó a oír, en el tactac de la balacera contra las milpas granadas a la cera de los cuadros, el balido lastimero de los ciervos abatidos en las quebradas, el griterío de los guacamayos sobrevolando, rabiosos, las cúpulas enrojecidas de las ceibas. Lo último que vieron sus ojos grandes y negros de niño queckchí, antes de cerrarse, fueron los ojos estremecidos de Doña Manolita desvaneciéndose y los granos de maíz rebrincando amarillos por el aire desde los cuadros e inundando el suelo.

Del herido carretón de madera de Misael, por detrás de las pinturas agujereadas, caían lágrimas de sangre sobre el suelo dolido de la escuelita.

A los días, al suelo le crecieron los granos de maíz.

QUINTÍN GARCÍA

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