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Poesías de ayer, de hoy y de siempreEsta sección que hoy comenzamos pretende ser un pequeño rincón dentro de la revista Besana que recupere las poesías, algunas conocidas y otras no tanto, relacionadas con la temática popular, con el mundo rural en que hemos nacido y vivido los vecinos de Villoria.Los campos y pueblos de Castilla en particular y de España en general han servido de inspiración durante siglos a los más diversos autores de nuestra literatura.

EL RINCÓN DE LA POESIA

Poesías de ayer, de hoy y de siempre

Esta sección que hoy comenzamos pretende ser un pequeño rincón dentro de la revista Besana que recupere las poesías, algunas conocidas y otras no tanto, relacionadas con la temática popular, con el mundo rural en que hemos nacido y vivido los vecinos de Villoria.Los campos y pueblos de Castilla en particular y de España en general han servido de inspiración durante siglos a los más diversos autores de nuestra literatura.

Estas obras son las que pretendemos rescatar de hoy en adelante para mostraros la belleza, el amor, la angustia, la sensibilidad y todo tipo de sentimientos que es posible transmitir a través de las palabras.Para comenzar hemos elegido unos de los poetas más identificados con mundo rural, alguien capaz de saber apreciar la fuerza y la atracción que emana de la tierra y del paisaje que le rodea, no solo la parte positiva, sino también la rudeza, el sacrificio, el trabajo y el sudor de las personas que luchan día a día con el terruño para sacar adelante a su familia: se trata de Miguel Hernández.

BIOGRAFÍA.

Miguel Hernández Gilabert nació en Orihuela(Alicante)el 30 de octubre de 1910 en el seno de una familia muy humilde. Desde su más tierna infancia fue pastor de cabras. Entre 1918 y 1925 estudia educación primaria y bachiler en las escuelas del Amor de Dios y en el colegio de Santo Domingo respectivamente.
Fue obligado por su padre a abandonar los estudios para dedicarse en exclusiva al pastoreo, tarea durante la que lee todo lo que cae en sus manos y escribe sus primeros poemas. Logra vencer la resistencia paterna y cursa estudios de derecho y literatura. Se convierte en una persona totalmente autodidacta a través de su relación con otros jóvenes amantes de la literatura y de sus incansables lecturas de autores como San Juan de la Cruz, Gabriel Miró, Paul Verlaine o Virgilio. Sus grandes maestros serán Miguel de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca, Garcilaso de la Vega y, sobre todo, Luis de Góngora.
Viaja a Madrid para trabajar en la enciclopedia Los Toros y colaborar en la famosa Revista de Occidente, comenzando su relación con Vicente Aleixandre y Pable Neruda. Tras un breve paso por la poesía surrealista, su obra se encamina directamente hacia el compromiso con los pobres y las clases más desfavorecidas. Este compromiso duraría toda su vida.
Al estallar la Guerra Civil se alista en el bando republicano, participando en diversos frentes de Teruel, Andalucia y Extremadura. En plena guerra escapa unos días a Orihuela para casarse con Josefina Manresa. En diciembre de 1937 nace su primer hijo, Manuel Ramón, que muere a los pocos meses y a quien dedica el poema Hijo de la luz y de la sombra. En enero de 1939 nació su segundo hijo, Manuel Miguel, a quien dedicó, ya desde la cárcel, las famosas Nanas de la Cebolla.
Con el final de la guerra, diversas cárceles españolas se convirtieron en su residencia habitual. Fue condenado a muerte, pero gracias a la influencias de varios miembros del clero, la pena le fue conmutada por la de treinta años.
En 1941 llega al Reformatorio de Adultos de Alicante para cumplir la condena. Allí padecerá primero bronquitis y después un tifus que degeneró en tuberculosis. Falleció el 28 de marzo de 1942, con tan sólo 31 años. Dicen que no pudieron cerrarle los ojos y fue enterrado en el cementerio de Nuestra Señora del Remedio de Alicante.
Este año se cumple el centenario de su muerte, motivo por el que será recordado en diversos actos conmemorativos que tendrán lugar en diversos lugares de España. Tal vez de esta forma recuperemos y sepamos valorar el enorme talento de este gran poeta español del siglo XX.

Vientos del pueblo me llevan

Vientos del pueblo me llevan,
vientos del pueblo me arrastran,
me esparcen el corazón
y me aventan la garganta.

Los bueyes doblan la frente,
impotentemente mansa,
delante de los castigos:
los leones la levantan
y al mismo tiempo castigan
con su clamorosa zarpa.

No soy un de pueblo de bueyes,
que soy de un pueblo que embargan
yacimientos de leones,
desfiladeros de águilas
y cordilleras de toros
con el orgullo en el asta.
Nunca medraron los bueyes
en los páramos de España.

¿Quién habló de echar un yugo
sobre el cuello de esta raza?
¿Quién ha puesto al huracán
jamás ni yugos ni trabas,
ni quién al rayo detuvo
prisionero en una jaula?

Asturianos de braveza,
vascos de piedra blindada,
valencianos de alegría
y castellanos de alma,
labrados como la tierra
y airosos como las alas;
andaluces de relámpagos,
nacidos entre guitarras
y forjados en los yunques
torrenciales de las lágrimas;
extremeños de centeno,
gallegos de lluvia y calma,
catalanes de firmeza,
aragoneses de casta,
murcianos de dinamita
frutalmente propagada,
leoneses, navarros, dueños
del hambre, el sudor y el hacha,
reyes de la minería,
señores de la labranza,
hombres que entre las raíces,
como raíces gallardas,
vais de la vida a la muerte,
vais de la nada a la nada:
yugos os quieren poner
gentes de la hierba mala,
yugos que habéis de dejar
rotos sobre sus espaldas.

Crepúsculo de los bueyes
está despuntando el alba.

Los bueyes mueren vestidos
de humildad y olor de cuadra;
las águilas, los leones
y los toros de arrogancia,
y detrás de ellos, el cielo
ni se enturbia ni se acaba.
La agonía de los bueyes
tiene pequeña la cara,
la del animal varón
toda la creación agranda.

Si me muero, que me muera
con la cabeza muy alta.
Muerto y veinte veces muerto,
la boca contra la grama,
tendré apretados los dientes
y decidida la barba.

Cantando espero a la muerte,
que hay ruiseñores que cantan
encima de los fusiles
y en medio de las batallas.

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